jueves, 24 de agosto de 2017

Réquiem por la sensatez




Una de las bajas a lamentar, cuando se dan casos de terrorismo como el que la semana pasada golpeó vilmente nuestra ciudad, Alcanar y Cambrils, es la sensatez. Ésta se ve zarandeada y herida mortalmente toda vez que ocurre algo horrible cerca de nuestros hogares, por la rabia, el dolor, el odio y –admitámoslo- a menudo también por la imbecilidad y la mala fe.

Ciertamente es muy difícil no proferir, en voz alta a los cuatro vientos, alguna gilipollez destructiva, cuando la rabia y la impotencia ante lo ocurrido le pueden a uno. A ver quién no ha soltado alguna, o varias. O muchas. Un poco como ese grito desgarrador, seguido de blasfemias dirigidas a varias deidades y sus santorales, de cuando se te cae el proverbial yunque en el pie. Casi no puedes evitar esa primera reacción y, bueno, en fin, está bien. No pasa nada.

Lo que está menos bien es que, pasado ese primer, comprensible e instintivo calentón, la imbecilidad se siga alimentando a base de desinformación, prejuicios y mala idea: lo que en argot ha alumbrado el divertido neologismo de cuñadismo, que engloba todo lo enumerado.


Prensa, imbecilidad y corrección

Posiblemente sean Arcadi Espada y Herman Terstch quienes, con sus artículos y tuits, han contribuido en mayor medida a acercar la condición humana al estiércol. Sus palabras, llenas de odio, resquemor e imbecilidad son, directamente, inadmisibles. Y el hecho de que haya cabeceras apostando por su labor pseudo periodística, que vulnera sistemáticamente los básicos del código deontológico de la profesión de informador, insulta la inteligencia del público. Ya no digo el, de por sí escaso y malherido, prestigio del periodismo patrio.

Hay quien se ha echado a la yugular de la prensa, acusándola de verter imágenes demasiado crudas de los atentados, que ofenden la privacidad de las víctimas. Y, si bien el de informar gráficamente es un difícil equilibrio en el que no cabe el morbo porque sí, no menos cierto es que la misión de los medios es informar de la realidad y que ésta es, a menudo, brutal. El fotoperiodismo describe esa atrocidad, y volverle la espalda, suavizarla hasta convertirla en un producto estético y light, también atenta contra el código deontológico de la profesión. 

Esa misma función de la prensa, llevada a cabo por profesionales que se rigen por criterios informativos formados y concretos, no es, no obstante, equiparable a las RRSS, donde sí hicieron muy bien quienes se abstuvieron de manejar imágenes gratuitamente morbosas, a la caza únicamente de likes y shares


Los patriotas, que nunca faltan

A algunas luminarias citadas se unen los patriotas de la España(za) unicelular que, como los redactores de ese medio de contrastada solvencia, La Gaceta, ponen el grito en el cielo por la participación de uno de los terroristas a la llamada a las urnas (si es que acaba habiendo urnas) del 1-O. Como queriendo decir, más que insinuar, que el separatismo genera terroristas, cuando, tal vez, la pregunta lógica que cabría plantearse es cómo es posible que alguien, a priori integrado en el tejido social catalán hasta el punto de moverse –da igual en qué sentido- de forma proactiva en el debate ciudadano sobre la independencia, acabe atentando contra los que considera –o debería considerar- sus conciudadanos.

El foco aquí es la integración y no el tipo de integración, ¿no les parece? ¿Y si en vez de a favor del 1-O, Younes Abouyaaqoub hubiese tenido el carnet, pongamos, de Ciudadanos, o del PSC, o de IU? ¿Cambiaba realmente algo? 

Luego, ya, están quienes aseguran que hechos así no acaecen en países no salpicados por veleidades independentistas, como es el caso del PP de Alella, que olvida por completo que el país centralista por excelencia, Francia, ha sufrido terribles atentados sin que la plurinacionalidad interna tenga un carajo que ver.


Los otros patriotas, que tampoco faltan

Luego están quienes –movidos por su desmedido amor a esa independencia catalana que nos hará libres, fuertes, sanos y sexualmente superdotados; más que por un análisis frío de lo que ha ocurrido y ocurre- alaban, sin  el menor atisbo crítico, la labor de los Mossos d’Esquadra, que, si bien ha sido muy positivamente reactiva (ahí no se les debe negar el aplauso), no hay que olvidar que dejó que la célula terrorista okupara un espacio en Alcanar donde acumuló, durante largo tiempo, una cantidad inaudita de bombonas de butano. 

Quizás, una labor preventiva basada en un “¿qué coño hacen estos chavales acumulando bombonas de butano, en un espacio ocupado?”, hubiera permitido pararles los pies antes de que los atentados arrojaran sus horribles resultados.

La actitud de apoyo incondicional a la actuación de los Mossos se ha visto favorecida por la gilipollez de un periodista que, en plena rueda de prensa, ha afeado al major de ese cuerpo policial, Josep Lluís Trapero, por responder en catalán a una pregunta formulada por otro periodista, en catalán. ¿En qué lengua se supone que debía responder Trapero? ¿Esperanto? ¿Cómo no estar de acuerdo con su contundente “bueno, pues molt bé, pues adiós”? Por supuesto, cualquiera en sus cabales lo está. Otra es encumbrarle a la categoría de héroe nacional a él, ex comisario jefe de los Mossos, que tanto apoyo manifestara a las brutales actuaciones de los antidisturbios de la BRIMO. Al pan, pan, digo yo.


¿Y el CNI?

Pocos –o, en todo caso, demasiados pocos- han cuestionado la labor del CNI en este caso. Sí lo ha hecho el alcalde de Ripoll cagándose, con razón, en las muelas de éstos por no avisar sobre la procedencia y ejemplar currículum del Imán local, Abdelbaki Es Satty, auténtico y arquetípico hijo de puta que  adoctrinó a la chavalada que perpetró los atentados.

Es comprensible que el CNI se reserve la información y la distribuya con cuentagotas, pero aquí se habla o bien de incompetencia, por no tener ni idea de quién era Es Satty cuando llegó a España tras darse el piro de Bélgica; o bien de negligencia, por dejar que un individuo de esta catadura se instalara en una localidad española y ejerciera lo que cualquier conocedor del personaje y su perfil podía sospechar de antemano que iba a ejercer.


Islamofobia, lo que los terroristas buscan

No son pocos quienes volviendo a la imaginería de las Cruzadas e invocando a los Templarios profieren –dando prueba de gran inteligencia, profunda humanidad y talante realista- “¡echémosles a todos y cerremos fronteras!”.  Curiosamente, son los mismos que votan al partido cuyo ministro de defensa vende armas a los países que financian y adoctrinan el terrorismo y defienden un grotesco statu quo cuya regia jefatura de estado se codea con esos mismos estados. Y es que lo de la pela es la pela no es sólo un tema catalán, aunque también, como demuestra el vínculo económico e institucional entre el FCB y Qatar, ese “país ejemplar” en palabras del gran activista por la democracia, Pep Guardiola.

Pero, volviendo a quienes pretenden echar a todos los musulmanes, les invito a echar una pequeña reflexión que, se lo garantizo, a nadie costará el sacrificio de demasiadas neuronas: tal vez, sea precisamente ese sentimiento islamófobo, según el que todos  los musulmanes son malos (menos alguno que otro suelto, porque le conocemos), el resultado del terror y la rabia que los terroristas propagan. Tal vez eso es exactamente lo que buscan. Que nos odiemos, que la cuerda se tense.

Lo dejo ahí porque no es un problema a tratar a la ligera y está claro que, en materia de inmigración, integración e información al respecto, hay aún graves deficiencias a las que poner hilo y aguja. 


Colau, the Devil

No quiero dejar de mencionar a quienes cargan contra la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Esa mujer es el Diablo, oigan. Ha inventado, ella solita, los okupas, el ruido de las Fiestas de Gràcia (antes de su mandato eran extremadamente silenciosas, ¿saben?), la politoxicomanía y el ántrax. Obviamente, es también su culpa lo del atentado en la Rambla, por no haber puesto los bolardos, tal y como le sugirieron el propio CNI y el Ministerio de Interior. 

Lástima –para los detractores desinformados- que sí hiera caso cuando se le sugirió dicha medida, orientada a las fiestas navideñas, reforzando la seguridad y poniendo barreras de hormigón. 

Lástima, también y ahora para todos sin excepción, que no se planteara algo tan cabal y sensato como que la Rambla es un objetivo terrorista apetecible todo el año, sobre todo en verano con los millones de visitantes que en esta época del año recibe Barcelona, para escaso solaz de sus habitantes. Lástima que no se lo planteara ella como alcaldesa -ni sus predecesores, que también gobernaban una ciudad en alerta 4- y no se ampliaran las medidas navideñas al resto del año. 

Y lástima, ya puestos, de que en la manifestación por las víctimas salga sonriendo en tantas fotos, como si estuviera en una barbacoa de domingo en vez de un homenaje a los muertos de la ciudad que gestiona. 


En suma

Estos renglones los escribo sin la menor intención de sentar cátedra, pero sí de procurar arrojar algo de sensatez y cordura en el análisis de lo ocurrido la semana pasada y de las problemáticas contextuales –seguridad, inmigración, gestión…- que rodean este horrible atentado que se suma, dolorosamente, al terror que han padecido miles de personas en todo el mundo y que, todos sabíamos ya, era sólo cuestión de tiempo que se cebara en Catalunya.

¿Les parece, ahora, si debatimos sobre todo esto y no sobre lugares comunes?

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